¿Por qué se volvió problemático o difícil definirse como progresista? ¿Por qué, en algunos contextos, esa palabra se devaluó como si solo nombrara a los biempensantes que miden cada cosa que dicen por miedo a la incorrección política? Está claro que se trata de una identidad en crisis. ¿No será hora de revisarla y volver a llenarla de contenido? Con irreverencia e interés en el destino de la Argentina, Hernán Vanoli nos invita a revisar los puntos ciegos del progresismo, no para alimentar una autocrítica endogámica sino para dar lugar a una conversación productiva. Así, analiza la tendencia a demonizar a los empresarios, en especial a los tecnológicos (un gran ejemplo es Marcos Galperin), como si fueran el problema y nunca la solución; la mirada condescendiente hacia los pobres y la escasa comprensión de las clases medias bajas (esas que a veces reclaman más policía y más castigo, pero que dicen no a la pena de muerte y sí a las políticas sociales); la melancolía y la nostalgia por un mundo extinguido; la creencia de que el nacionalismo es facho, reaccionario. Echando mano de su experiencia como consultor y lector obsesivo, Hernán Vanoli propone que el progresismo resetee sus marcos mentales y se aligere de ideología. Y que afronte sin anteojeras el mundo digital que llegó para quedarse, porque es ahí donde habrá que crear, con verdadera mística y mucha inteligencia, políticas concretas de gobierno.
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