Traducción: Valentín Huarte
Primera edición septiembre de 2026
160 páginas
Con frecuencia, el pensamiento se activa por preguntas que parecen las más ingenuas: ¿a qué se debe el hecho de que apreciemos tanto la belleza exterior de los animales, mientras que en su interior los notemos tan poco “vistosos”? ¿Qué nos dicen esas hazañas de la apariencia, en colores y motivos, en pelajes, plumajes, caparazones y pieles que nos llenan de asombro y que muchas veces implican, para el propio animal que los porta, un peligro o una desventaja en la “lucha por la vida”? ¿En qué sentido podemos hablar de una elegancia animal?
Impulsado por estas preguntas, Bertrand Prévost se lanza a pensar lo inusitado: una cosmética animal. Para ello se vale de los estudios de un eslabón perdido de la etología, el zoólogo suizo Adolf Portmann. A lo largo de su obra, Portmann descubre que lejos de ser una pieza decorativa y secundaria, el atavío animal, su vestuario, su imagen, es un elemento clave en su forma, o en otras palabras, que la forma animal es su apariencia misma. Como creían los estoicos, lo más superficial es lo más profundo.
De manera correlativa, fenómenos que en la teoría darwinista eran tachados de “gratuitos” o “sin finalidad”, y por eso mismo rebajados de nivel, adquieren una nueva relevancia, se singularizan como dinamismos plenos de potencia ya que implican un deliberado esfuerzo de fabricación. Hay un potencial de la expresividad animal que pasa al primer plano, mientras que antes era un aspecto ontológicamente relegado, mera accidentalidad, pues la clave del Ser se sumergía en estáticas profundidades.
¿Y si los animales no fueran, como pensamos, los desnudos de la naturaleza? La cuestión de la moda animal ya no será entonces una simple metáfora de la moda humana. Se convertirá en una entidad con peso propio, biológico: la unidad estética de las maneras de ser del animal podrá ser pensada como elegancia y esta como razón de su expresión.
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