Todo un mundo se resquebrajó cuando en nombre de Cristo, aviones militares bombardearon Plaza de Mayo y mataron a centenares de personas. Como quien salpica con agua bendita. Tres meses después y ante una nueva sublevación, con el fin de ahorrar derramamientos de sangre, el presidente Perón se asiló en una cañonera paraguaya. Aunque quien usurpó su lugar proclamó que no habría "vencedores ni vencidos", Caín había ganado la partida.
Aquel mundo terminó de hacerse añicos nueve meses más tarde, cuando torvos dictadores asesinaron a los partícipes activos y pasivos de una rebelión anunciada, incluyendo a su jefe, quien se les entregó mansamente con la esperanza de que su sacrificio cesara la masacre.
En ese breve período (en el que se incubó el huevo de la serpiente del moderno Terrorismo de Estado que haría eclosión veinte años después) se desarrolla esta historia
Protagonizada por tipos tan comunes y entrañables como De Santis y Friedman, y por otros personajes francamente inverosímiles, como "el capitán Gandhi" y el "hermano Daniel". Ver para creer.
El autor, que asistió al crepitar de aquellas hogueras con azorados ojos de niño, reconstruye aquellos comienzos resistentes, en la senda que abrieran el Soriano de No habrá más penas ni olvido, el Heller de Trampa-22 y el Vonnegut de Matadero 5. Con una ironía que, a veces, rompe en risa. Como una carcajada al pie del patíbulo.
Esta edición aniversario recupera una novela que el tiempo no ha logrado domesticar. Espérenme que ya vuelvo sigue narrando con humor, dolor e irreverencia una época decisiva de la historia argentina. Dos décadas después, sus personajes, sus preguntas y su mirada sobre la Resistencia conservan intacta la capacidad de interpelar nuestro presente.
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