Casi como un manifiesto, el personaje de Soy una tumba cuenta ya en la primera página que se fue de su casa a los siete años. Esta declaración brutal e improbable da inicio entonces a una educación sentimental que va desde la infancia a la eternidad. Porque, ¿qué otra cosa es la infancia interrumpida sino la eternidad? O puesto en otras palabras, ¿hay huellas más invasivas y duraderas que aquellas que nos deja la infancia y su abrupto pasaje a la preadolescencia?
Pero el protagonista no estará solo en su cruzada personal, que tiene mucho más de ternura que de inocencia. Lo acompaña su abuela, una mujer que oscila entre lo sagrado y lo profano con el mismo fervor, entre la severidad y el amor incondicional sin vacilaciones. (Maximiliano Costagliola)
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